29 octubre 2025

El Estado: Entre la función social y la pérdida de sentido





El Estado: entre la función social y la pérdida de sentido




Una reflexión sobre el rol del Estado, su legitimidad democrática y la necesidad de recuperar su función social como instrumento del bien común.
Por Mario A. Blanco




El debate sobre el Estado atraviesa nuestro tiempo con una intensidad renovada. ¿Sigue siendo el garante del bien común o se ha transformado en un refugio de privilegios?

En el centro de la discusión política contemporánea parece estar, una vez más, entre otros, la cuestión del rol y función del Estado. En torno a él se concentran expectativas, críticas y las tensiones más profundas de nuestras sociedades.

No haré aquí una reseña histórica, aunque sería de suma utilidad. Prefiero partir de una definición que nos sitúe en el objeto del debate. Parafraseando a Norberto Bobbio, podríamos decir:




El Estado es la forma institucional de organización política de una comunidad que, actuando conforme a la ley y los principios democráticos, busca garantizar la dignidad humana, la igualdad de oportunidades y la participación activa de los ciudadanos en la construcción del bien común.

Desde esta concepción, el Estado aparece como una herramienta de organización colectiva destinada a asegurar derechos y promover una vida más digna. Es, en definitiva, la expresión institucional de un pacto social que pretende corregir desigualdades y ampliar libertades.

Sin embargo, la percepción social sobre el Estado se ha fragmentado. Para algunos sigue siendo el garante de los derechos comunes y el proveedor de servicios esenciales. Para otros, se ha convertido en un refugio de privilegios, una estructura capturada por una casta política que vive de espaldas a la ciudadanía y, en muchos casos, la asfixia.

A esto se suman las visiones más críticas, que ven en el Estado un mecanismo de disciplinamiento y control, heredero de lógicas autoritarias más que de una auténtica vocación democrática.

Para quienes concebimos al Estado como una herramienta fundamental de organización social —aquella que debe hacer la vida más digna y justa—, el desafío es cómo cuidarlo y reconstruir su legitimidad.

Cuidar al Estado implica repensar su ética interna. No puede ser el espacio donde se reproduzcan privilegios ni donde los representantes se distancien de la realidad de los representados. En cada poder, en cada nivel, vemos estilos de vida y comportamientos que poco tienen que ver con la mayoría de la sociedad. Surge entonces la metáfora del ascensor: el “hombre de Estado” que asciende mientras la sociedad se estanca o desciende. Así, inevitablemente, el Estado pierde valor simbólico y social.

Revalorizarlo exige volver a poner en su centro la idea de servicio público, y construir una ética política que lo devuelva a su función esencial de ser instrumento del bien común y no patrimonio de unos pocos. Recuperando la confianza ciudadana, de lo contrario, asistiremos al desguace del estado y de todo derecho que haga a la dignidad humana, en función de quienes solo en la codicia entienden el rol del hombre y la sociedad.





Mario A. Blanco